Crónicas

Lágrimas en el estreno de “El Regreso”

El ritmo de las grandes ciudades es acelerado, y sus habitantes son guiados por los criterios de una agenda social. Las personas que se encontraban el pasado miércoles 30 de agosto a las 5:30 pm en el Centro Comercial Sambil de Valencia, caminaban a pasos agigantados y firmes. Aquellos que se dirigían a Cines Unidos en busca de entretenimiento, eligieron en su mayoría ver el estreno de “El Regreso”, dirigida por la venezolana Patricia Ortega.

El olor a mantequilla derretida y a cotufas impregnó sus narices. Las caras de los valencianos mostraron un desconcierto acostumbrado, al percatarse de la larga cola que debían hacer para comprar las entradas, y de una segunda para los refrigerios. Quienes asistieron solos esperaban cruzados de brazos con la mirada perdida en un punto a lo lejos; uno de ellos era un hombre robusto de franela blanca y pantalones de jean negros, quien con ceño fruncido observaba sus pies. Los que contaban con compañía, como un par mujeres vestidas con sus uniformes de trabajo, conversaban ávidamente, pero no hablaban de las expectativas con respecto a la película, sino de su trasfondo histórico.

“El Regreso”, producida por Mandrágora Films Zulia, relata la historia de la única sobreviviente de la Masacre de Bahía Portete en la frontera colombo-venezolana en 2004. La cinta, grabada en las playas de Coro y en los barrios de Maracaibo, pudo haber motivado a esas personas a verla por diferentes razones: el morbo, la curiosidad o simplemente el apoyo al talento nacional. Cualquiera de ellas o quizá todas, a excepción de los puestos de las primeras dos filas, llenó la sala ocho del cine a las 6:05 pm, y aunque estuviera parcialmente oscura y fría, se sentía acogedora.

Las sombras de las cabezas que sobresalían un poco por encima de las butacas se mostraban expectantes a que apareciera la primera imagen en la pantalla grande. Minutos después, las luces a los costados se apagaron lentamente y fueron reemplazadas por el resplandor de la proyección audiovisual. Tráilers de películas venezolanas e internacionales se transmitieron de forma simultánea entre publicidades y promociones. Cuando dio inicio la ópera prima de Ortega, las personas, como quien se aclara la garganta para hablar, buscaron acomodarse mejor en sus asientos.

De todos los filmes que hablan de realidades humanas en el país, “El Regreso”, a diferencia de ellos, parecía introducirlos en un mundo mucho más ajeno al de las grandes urbes que los barrios perseguidos por la desgracia: la vida en la frontera de los indígenas wayúu. La cinta al principio pintaba ser documental, pero media hora después comenzó a mostrar su lado crudo.

La masacre había empezado. En la sala se profirieron gritos ahogados llenos de indignación y asco. Los cuerpos de los más sensibles se estremecían por un gran escalofrío. Una motosierra apareció en pantalla. Varias cabezas bajaron para refugiar el rostro en las manos, con el único propósito de perderse las partes más sangrientas. De repente tres personas se levantaron; eran dos mujeres y un chico. Cuando el sonido del artefacto se escuchó al encenderse, una de ellas tapó su boca con la mano y bajó las escaleras rápidamente. Sus siluetas negras salieron de la función para no volver.

El clímax había terminado, pero dejó un sabor amargo en sus gargantas. La historia de Shuliwala de 10 años, la única sobreviviente, continuó hasta Venezuela. Era oficialmente una niña de la calle en los barrios más peligrosos de Maracaibo. La realidad que la cinta mostró a partir de entonces tenía cara de infantes. El silencio que invadió a la sala delató su remordimiento. Desconocidos se miraban unos a los otros, pero no hablaban, solo contemplaban sus caras en busca de apoyo moral. Era como verse en un espejo, pues sus facciones aturdidas eran las mismas.

A las 7:55 pm, la trama pareció tornarse esperanzadora cuando la madre y la abuela de la pequeña son encontradas con vida. Suspiros de alivio y hasta unas sonrisas fueron expresiones espontáneas. La idea de que la familia pudiera reencontrarse consoló a los espectadores por unos minutos. Sin embargo, la traición disfrazada de necesidad, intercambió por dinero a las indígenas mayores a su verdugo. Quien las había delatado y vendido al asesino recibió insultos y maldiciones desde todos los rincones de la función de cine.

La historia de la película mostró luego los escenarios más miserables. Pedofilia, prostitución, delincuencia e injusticia. Sin embargo, la forma en la que los habitantes de esos barrios aceptaban que esas cosas sucedieran en sus narices, puede que haya sido lo más indignante. La audiencia contemplaba con desconcierto, que no hubiera final feliz.

A las 8:40, todos salieron de la sala a paso amortiguado. La luz del exterior golpeó los ojos irritados de los que aún lloraban. Las mujeres vestidas de uniforme se consolaban una a la otra. El chico robusto conservó la misma facción aturdida, aun sorprendido por lo que acababa de ver.

El ritmo acelerado de la ciudad en los pasillos del centro comercial dejó de influenciarlos. Caminaron lentamente hacía su siguiente destino, con una nueva conciencia desarrollada.

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